domingo, 27 de marzo de 2011

Oscuridad

La eterna oscuridad que inundaba la habitación era lo único que había visto desde que tenía conciencia. Nada había cambiado desde el principio de los tiempos, pero eso no le importaba pues tenía lo único que necesitaba. Esa persona que venía a la misma hora era lo único que necesitaba. Su largo cabello del mismo color que la noche cuando la luna brillaba en silencio. Sabía que eran distintos, que ese ser no era cómo él, pero desde que había abierto sus ojos era lo único que había permanecido a su lado.

Como todas las noches arrastraba algo consigo. Era igual que ellos en forma física, pero su olor era completamente distinto. Se acercó siseando lentamente, ya que más de una vez se había llevado algún que otro golpe por abalanzarse contra el mayor. Cuando este soltó al humano, como le llamaba, en el suelo se acercó olisqueándole. Hasta que Madara, sí, fue la primera palabra que aprendió a decir, y era el nombre de aquel ente tan importante para él, no le hizo un corte y la sangre comenzó a manar de este no le clavó los dientes y comenzó a beber.

Cuando el fuego de su garganta que se extendía por sus venas se calmó, separó sus labios de la piel ajena y dirigió su mirada a Madara, que le miraba expectante, como todas las veces que sucedían el ritual. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que despertó, solo que había traído a más de un centenar de esos seres.

A continuación pasó lo de siempre. El moreno tomó asiento en lo que él denominaba cama y se dedicó a mirarle en silencio. Más de una vez le había acercado y le había comenzado a acariciar el cabello. Se lo había recogido y susurraba su nombre, sí, Itachi le llamaba. No sabía por qué, pero le trataba como si fuese un bebe, pero realmente lo era, pues no sabía absolutamente nada. No había salido de esas cuatro paredes que no tenían absolutamente nada. No había ventanas que permitiesen ver lo que había, y el mayor no le permitía seguirle cuando abría la puerta y se marchaba. Normalmente cuando se quedaba solo podía escuchar voces fuera, pero no entendía las palabras que pronunciaban, así que se dedicaba a dormir.

¿Cuándo podré ir contigo? — susurró el menor mientras en sus orbes rojizos se observaba la emoción que contenía la pregunta. Quería seguirle, y saber qué había fuera. Saber más sobre su Maestro, aunque Madara se enfadase cuando le llamase así.

Aún no estás preparado— contestó el otro escuetamente.

El vampiro bajó la mirada por unos pocos seguros. Nunca conseguía mucho del otro. Es como si no estuviese dispuesto a dejarle salir nunca, como si le protegiese demasiado. Comenzó a fijarse en su cuello, esbelto y sugerente…. Se acercó lentamente y el otro dejó que lo hiciera. Sus labios se acercaron con rapidez, como si fuesen los polos opuestos de unos imanes. Pronto subió la temperatura ambiente. Ninguno sabía cuando habían comenzado a atraerse, pero ya era algo imparable. Itachi solo podía recordar que necesitaba besarle y ser poseído por el otro cada cierto tiempo, claro que no entendía el por qué.

Pronto fue recostado en la cama con cierta brusquedad mientras la lengua del otro comenzaba a explorar su cuello con rapidez. Simplemente se dedicó a acariciar su larga y suave cabellera. La admiración que profesaba por Madara, pasaba la que un alumno puede tener por su maestro. Las horas que pasaba solo se dedicaba a recordar cada gesto y movimiento del moreno, pero eso no podía decirlo.

Las pocas prendas que ambos llevaban pronto acabaron en el suelo, abandonado la piel que protegían a las caricias de ellos mismos. Sus lenguas jugaban con pasión, y a la vez lentamente, no tenían ningún tipo de prisa, tenían toda la eternidad.

La primera vez que lo hicieron ya era lejana, el mismo Itachi ya había ido cogiendo experiencia hasta el punto de que demostraba agrado al dolor. Siempre con esos ojos negros reclamaba que la introdujese sin ningún tipo de cuidado, y el otro no podía remediar darle lo que pedía. En esta ocasión pasó lo mismo, y el mayor no podía negar que le encantaba entrar de esa forma brutal y ser recibido con un abrazo. Las uñas del vampiro se clavaban cada noche en su piel, haciéndole daño, pero demostrando que todo aquello no era una ilusión. De la garganta del menor no salió ningún quejido, así que Madara le mordió levemente la nuez de Adán, siempre le castigaba con un tortuoso silencio. Pero solo recibió como respuesta una mirada. Esa que le encantaba. Sus ojos decían todo lo que su cuerpo no expresaba, sentía un placer desbordante, y algo más que el mayor no quiso identificar con claridad. ¿Le aterrorizaba lo que significaba?... Claro que sí, por eso siempre lo obviaba, aunque era muy evidente.

Comenzó a embestirle rápidamente mientras el único sonido de la habitación eran los jadeos del menor. Este estrechaba su entrada para provocar a Madara, y que gimiese este, pero no estaba muy dispuesto a hacerlo. El ritmo aumentaba cada vez más, hasta que ambos llegaron al éxtasis y se quedaron jadeando en silencio. El demonio se apoyó en Itachi un rato mientras este le lamía el cuello distraídamente. Ambos sabían que pronto el otro se iría, aunque claro, el vampiro no tenía ni idea de por qué siempre se iba, no le estaba permitido preguntar. Así que cuando el otro se levantó y comenzó a vestirse, solo pudo observar su robusta espalda en completo silencio. Se volvía a quedar solo en esa agobiante y pequeña habitación… Notó como el otro le desordenó el pelo y caminó hasta la puerta. La abrió y salió sin mediar palabra alguna. Escuchó el mismo ruido, ya sabía que lo que hacía era cerrar la puerta, más de una vez había tratado de seguirle, pero no podía abrirla. El joven vampiro cerró los ojos dispuesto a dormir hasta que el mayor volviese de nuevo, no podía soportar el vacio que le provocaba la marcha del otro.

Todas las veces que venía pasaba lo mismo, Itachi dejó de contarlas hacía mucho, pero notaba que cada vez le dolía más quedarse solo. Oír que abría hacía que un extraño sentimiento golpease su pecho, que poco a poco se confundía con la sed. Un día como otro cualquiera, el mayor entró sin una presa en sus manos, sino una bolsa. Se acercó y se la entregó. El menor, que estaba sentado en el suelo alzó la ceja y observó lo que contenía, que era ropa.

Póntela, vamos a salir — dijo únicamente Madara, que se sorprendió al ver la ilusión reflejada en el rostro del menor, incluso le pareció ver una sonrisa en sus labios.

Sin esperar más, Itachi se desnudó y se vistió, sin percatarse de la mirada lasciva que tenía el demonio en sus ojos cuando observó su piel desnuda. Tan pronto como se puso las prendas, el otro se acercó y le peinó el cabello con cuidado, sorprendido de lo bien que le quedaba el negro. Sin poder evitarlo le besó los labios con cuidado, y fue respondido. Le agarró del brazo y le llevó hasta la puerta. La inseguridad le invadió durante un breve periodo de tiempo. Nunca le había sacado de aquellas cuatro paredes, debía tener cuidado, porque tampoco le podía dejar ahí para siempre. Le apretó un poco el brazo al pensar que se podía manchar de su lado…

Finalmente abrió la puerta y dejó que el menor saliese… La inocencia se apoderó de su rostro, a la vez que la curiosidad… Madara no pudo evitar que un leve sonrojo, pero fugaz cruzara su cara. Tragó saliva y le agarró de la mano para sacarlo de ahí, tendría que beber cuanto antes, para calmar su sed y así ayudarle a redescubrir el mundo. Tuvo que tirar muchas veces de él, porque se quedaba mirando fijamente a las ventanas.

Lo sacó de aquel viejo edificio y le pegó más a él, pues caminaban personas por la calle y el menor comenzaba a emitir leves gruñidos y siseos. La excitación y la emoción dejaban de dominar el cuerpo de Itachi, y daban paso al ardor de su garganta. Los colmillos comenzaron a asomar por sus labios, necesitaba beber ya. El demonio localizó una presa fácil y se la señaló al vampiro, que fijó su vista en él. Debía saber si sabía cazar por sí solo, y si luego podría controlarse. Observó con fría crueldad como su pequeño mataba al humano y bebía su sangre con rapidez, sin mancharse. Ante ese pequeño detalle alzó la ceja, la verdad es que Itachi no quería manchar algo que le había dado su adorado maestro.

Cuando estuvo saciado se acercó a Madara y este le limpió los labios con cuidado. Le cogió de nuevo de la mano y le llevó por las calles vacías hacía su casa. Itachi se frenaba cada vez que podía, mirando lo que fuese, desde la luna hasta un gato que les miraba desde la oscuridad. Pronto sus manos se separaron. El mayor se giró en busca del vampiro, pero solo alcanzó a ver que se metía en una calle. Sintió que su corazón se le escapaba y corrió tratando de alcanzarle.

Pronto se oyeron unos gritos que hicieron que el corazón de Madara se parase unos segundos. Dejó de correr y caminó en silencio hasta la plaza donde se encontraba el menor. Los ojos rojos de Itachi demostraban que no estaba preparado para el exterior. Cadáveres yacían en el suelo, inertes, desangrándose. No había ya nadie vivo, pero Itachi seguía moviéndolos para ver si lo estaban. Se acercó lentamente hasta él.

¿Quieres? — susurró ofreciéndole el cuello de una de las víctimas. En ese momento comprendió que no era bueno para cuidar de su pequeño. Este pensaba que eran iguales, pero no era verdad. El mayor negó y agarró la mano de Itachi, sin saber realmente qué hacer ­— ¿Qué pasa?

No obtuvo respuesta ninguna. Le siguió en completo silencio mientras veía que regresaban de nuevo a esa oscura habitación. Tardaron mucho menos en llegar, pero la situación era tensa. Abrió la pesada puerta y metió al vampiro bruscamente en su interior. Este le miró sorprendido y se acercó hasta él.

¿Qué pasa? — susurró.

No soy como tú, ¿por qué no lo entiendes de una jodida vez?

¿Qué es lo que quieres decir, Madara?

Veo que esto no va a llegar a ninguna parte — dijo molesto y se fue sin cerrar la puerta.

Itachi miró sorprendido como se fue. No sabía cómo reaccionar ante esa puerta abierta. Así que se limitó a cerrarla y sentarse en la cama. Esperándole. Pasaron varias horas…. Muchas más… días… meses….

La sed, ese maldito sentimiento les estaba volviendo loco. No se podía mover de su lecho, estaba tan débil que no entendía porque el otro no había venido. Notaba un agudo dolor en el pecho, como si le faltase algo importante. Miró la puerta con algo de esperanza, como siempre, pero siempre pasaba lo mismo, nada….ningún ruido, ni pasos en el pasillo. Silencio, el más absoluto silencio. Las últimas palabras de su maestro resonaban en su cabeza sin descanso… ¿A qué se refería con ellas?... ¿Le había abandonado? No podía ser… y en tal caso, ¿por qué?

Las preguntas le torturaban sin dejarle dormir, sentía una agobiante presencia a su alrededor, olía a muerte, ¿se estaba muriendo? Muchas dudas surgieron a partir de esa pregunta, ¿y si le había pasado algo? Debía ir a buscarle…a su Madara. Trató de levantarse, pero cayó pesadamente contra el suelo, quedándose sin aliento. Entonces oyó algunos ruidos. Miró de nuevo hacia la maldita puerta, y notó como alguien la abría lentamente… El corazón se le encogió levemente, pero la desilusión acudió rápidamente hacia su rostro. No era él.

Era una mujer, que se acercó preocupada hasta él. Demasiado ingenua. Pronto su vida acabó, bajo los colmillos de Itachi. Tras beber y observar como sus latidos paraba, una ira comenzó a surgir desde lo más profundo de su ser. Un líquido cristalino, salió de sus ojos. Lo tocó, estaba llorando. Por fin había comprendido que no iba a venir, pero no quería creerlo, sabía que era su maldita culpa. Comenzó a desgarrar furioso la piel de su nueva presa y cuando colmó la frustración en ella se separó. Cerró la puerta y se echó de nuevo la cama.

Permaneció mucho tiempo en la habitación. Al principio olió mal, el cuerpo de la joven yacía descompuesto, pero poco a poco solo quedó los huesos de ella. Se había alimentado de unos pequeños animales que entraban de vez en cuando. Siempre mirando la puerta, culpándose de la marcha de lo único que le completaba. Desamparado en el vacío de un mundo que no comprendía, ni conocía.

Uno de los días alguien abrió la puerta de nuevo, notó como su corazón volvió a latir. Era un hombre, alzó la vista, y comprobó con desagrado que no era él. El vacio volvió a dañarle profundamente. Sí, prácticamente estaba muerto por dentro.

Chico, ¿estás bien? — el hombre solo obtuvo una risotada macabra como respuesta. Sus ojos se fijaron en los huesos que habían en el suelo. Un escalofrío recorrió su espina dorsal mientras trataba de volver a la puerta, pero ya era demasiado tarde.

Y tus últimas palabras se pierden en el silencio de este mundo imperfecto — susurró el propietario de tal risa, mientras se acercaba al hombre — cayendo en el averno del dolor y muriendo…

Esas fueron las última frases que oyó aquel hombre antes de morir bajo un despiadado asesino. Se atrevió a cruzar la puerta por fin, tras una larga espera de medio siglo…. Cincuenta años de letargo que le habían pasado factura. Ya no era el mismo, se había convertido en algo que a si mismo le daba pavor. Salió de aquel ruinoso edificio, jurando venganza hacía su maestro y se internó en la oscuridad de la noche. No tardó mucho en encontrar a una persona paseando, que no tenía una pinta muy agradable.

Eres extraño y hermoso — comentó aquel humano sin saber que estaba entrando en las fauces del lobo — ¿Cómo te llamas? — Itachi le miró sin expresión ninguna en su rostro y con los ojos apagados.

Mi nombre es Ryu… ¿Quieres sexo?...

Eso sorprendió al otro que sonrió y le llevo hacia algún lugar…

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