
Vacío.
Después de esa frase y día, los pensamientos de Itachi se pararon en el tiempo, congelados, sin poder avanzar ni retroceder. Era como si simplemente su mente se hubiese desprendido de su cerebro y hubiese caído en el letargo de la noche, como si en su lugar alguien se hubiese establecido, y ese alguien era Ryu. Este nuevo ser sólo tenía un objetivo rondando su cabeza, matar a su creador, pero para ello debía encontrarlo, tarea ardua y difícil, teniendo en cuento que solo podía emplear el amparo de la noche y Madara era libre.
Se dejó guiar por aquel humano hasta una habitación, mucho mejor que aquella en la cual había malvivido durante muchos años, sin saber cuántos exactamente. Tan pronto como la puerta fue cerrada, notó que su cintura era atraída y sus labios eran mancillados por otro ser, que no era el que deseaba. Ferozmente, con lujuria… no puso demasiada atención en ese intento de beso.
— Debes cerrar y tapar todas las ventanas— susurró tajante mientras el ataque continuaba y las manos del otro ser se perdían entre su ropa y su piel.
Se tensó cuando recordó que esas mismas palabras eran pronunciadas a menudo por esa persona que añoraba sin poder evitarlo. El humano le había hecho caso sin medir palabra y tras cerrar todo con bastante cuidado se acercó a él, empotrándole contra la pared.
— Espero que te guste el dolor ya que…
No alcanzó a escuchar lo último, ya que todos, a partir de ese momento, serían tratados como objetos para Ryu. Medios para conseguir lo que tanto ansiaba, el dolor que llenaría el vacío que tenía que soportar y no podía.
Solo habían pasado unas pocas horas desde que había abandonado aquella cárcel de melancolía y no se sentía para nada liberado, su pena había crecido mientras alguien acariciaba su cuerpo con deseo. Mientras alguien trataba de torturarle físicamente, Ryu, solo podía concentrarse en recordar aquellos momentos en el cual alguien acariciaba con suavidad su cuerpo.
Pero de nuevo, perdido en sus pensamientos, la sed clamaba ya en su garganta, no era tanta como la que había sentido al salir aquel lugar de pesadilla, pero era lo bastante incontrolable como para que sus colmillos buscasen solos una piel en la cual clavarse con firmeza y extrajesen aquel delicioso néctar.
El humano se asustó en un principio, pero como siempre sucedía, tras unos lentos segundos cayó en su embrujo, y le permitió beber cuanto quisiera. Pronto su garganta dejó de mandar sobre su cerebro y separó la boca de su cuello, mirándole expectante, deseando en silencio que le dañarse, rasgase su fría piel y le hiciera gritar pidiendo la muerte, lo que nunca nadie antes había conseguido, pero tampoco le fue concedido ese deseo.
Aquel ser solo se poseyó varias veces esa noche, le dañó, le hizo sangrar, trató de ahorcarle, pero la única respuesta de Ryu fue completa indiferencia en su rostro… no sentía absolutamente nada.
Cuando se despertó todo estaba oscuro y no había nadie a su alrededor. El fugaz recuerdo de su pasado atormentó de nuevo su mente. Permaneció horas inmóvil, sabiendo que abriendo tan solo una pequeña brecha en las cortinas podría morir, sabiendo también que era demasiado cobarde como para hacerlo. Poco a poco notó que la temperatura bajaba, se hacía de noche y alguien entraba lentamente en la habitación. La misma cara, un rostro sin nombre y el mismo juego de la otra noche. No sabía cuánto tiempo exactamente había estado bajo esos brazos, pero las heridas ya no sangraban, el sexo poco a poco se había ido convirtiendo en algo dulce, y eso no le atraía en absoluto. Pronto el ser humano pronunció las palabras prohibidas.
— Te quiero….no me importas lo que seas Ryu…
Palabras que desataron la ira del vampiro y le llevaron a arrancar la vida de aquel que se había atrevido a pronunciarlas. Se marchó de lugar cuando se cambió de ropa, ya que la que tenía quedó manchada de sangre. Tenía que comenzar de nuevo a buscar a alguien que pudiese llenar ese hiriente vacío de su ser. Pero lentamente se daba cuenta de que cuanto más tiempo pasaba con cada una de sus presas, antes decían esas fatales palabras.
Así que, herido de muerte, se lanzó de nuevo a la calle, sin un destino concreto y sin más objetivo que buscar refugio antes del amanecer. Caminaba sin descanso cuando sintió que su corazón le daba un vuelco. Corrió tras alguien y se lanzó a sus brazos besándole. Abrió los ojos algo emocionado, y chocó contra la realidad, de nuevo había corrido a los brazos de un desconocido pensado que había encontrado lo que con tanta ansia buscaba, pero no era él. No era su Madara. Se percataba lentamente de que iba olvidando su rostro, y el temor florecía en su interior. ¿Acaso era posible que se lo hubiese cruzado y no lo hubiese reconocido? Ese pensamiento aumentaba el vacío. El dolor ya no era suficiente para mantenerlo a raya, así que un día dejó que el sol quemase su piel, por unos segundos. Ni una lágrima escapó de sus orbes a pesar de que sintiese arder su piel. Estaba tan muerto por dentro, que lo único que temía era olvidar las facciones de esa persona que con tanto ahínco buscaba. Estaba prácticamente condenado, pues esa situación era su culpa y porque era un maldito cobarde.
No tenía pasado sin Madara, y sin él, tampoco tenía un futuro. Era una cruel paradoja que tenía más sentido con cada día que pasaba. Encima, las armas de autodestrucción creadas por los humanos no tenían efecto en él, ni el alcohol, ni las drogas ni el tabaco le llenaban ni le distraían. Ya ni su propio masoquismo era suficiente. Siempre que se hería, ya fuese a sí mismo como el sol, aparecía alguien para rescatarle, pero no era el ser que estimaba… no era Madara.
Pronto optó por integrarse en la sociedad, no renunció a ser maltratado en ningún momento, sino que buscó a humanos sin compasión, y no volvió a cometer los mismos errores que desencadenaron esas palabras. No dormía con ellos, y tan solo pasaba el tiempo necesario con ellos. Se buscó su propia casa y víctimas que no conocía, dejando así de buscarle…
Pero el destino era algo que no controlaba, y el azar quiso que un día entrase con una chica a una discoteca. No puso demasiada atención en la gente que bailaba, solo quería beber de ella e irse. Recibió la copa que esta le dio y dirigió una mirada en general. De nuevo su corazón se revolvió en su cavidad. Estaba allí, pero, ¿era una ilusión o era de verdad? Sin pensárselo dos veces se acercó en completo silencio al demonio, deslizando una mano por su vientre. No estaba seguro, pero olía… como su Madara.
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