Nada más salir de aquel lugar lleno de rostros humanos, se internó en brazos de la noche. En silencio comenzó a caminar por las calles, sintiendo que no tenían lugar al que volver. Que lo que había hecho unas horas antes, había sido un completo error. Que había errado de mala manera, sintiéndose un poco humano. Notando, que no podrí mirar a su amado la cara de nuevo sin sentir angustia. ¿Cómo podía haber herido de tal manera a la razón de su existencia? ¿Cómo había podido ser tan tonto?... Tan impulsivo, tan idiota.
Cuando notó que los rayos del Sol se acercaban, y el amparo de la noche comenzaba a desvanecerse, se dirigió al pequeño piso donde se escondía por el día. Subió en el ascensor en completo silencio. Observando su reflejo en el espejo. Mirándose a los ojos, comenzando a reprocharse sus actos. No tuvo más remedio que desviar la mirada y cerrar los puños, clavándose las uñas. Suspiró mientras la puerta se abría y comenzó a buscar las llaves. Tras abrir, cerró la puerta y se sintió un poco más cómodo ante la plena oscuridad. Su “casa” era como un completo Bunker, no había ni una lámpara, ni una sola luz. Se acercó lentamente a su cama y se echó en esta lentamente.
Se sentía totalmente estúpido. Había soñado, fantaseado muchas veces que haría cuando se encontrase cara a cara con él, pero en ninguna de sus fábulas le había hecho lo que había pasado en la realidad. Se arrepentía, muchísimo, ahora se sentía más Itachi que Ryu… y eso tampoco le gustaba, porque después de todo, Ryu no era más que una pobre y frágil coraza creada para sobrevivir ante la ausencia de su querido Madara. Aunque ahora que lo pensaba, si este se enteraba de que era él, volvería a huir, o lo mataría. Seguía prefiriendo la segunda opción.
Peor era que tendría que verle de nuevo cara a cara. Y no tenía pensado nada. Ni siquiera sabría si podría mirarle a la cara, aunque la respuesta sería seguramente que no. No podría sostenerle la mirada sin que la culpa le matase lentamente por dentro. Oiría voces en su cabeza reprochándole todos los actos de los últimos 20 años. Aunque estuviese buscando a Madara en esta época de tiempo, siempre supo que nunca lo encontraría. Aunque erró al cree en dicha suposición. Y sabía que por mucho que pidiese disculpas o perdón, nunca volvería a escuchar las palabras de Madara. Puede que incluso este no creyese en sus palabras de arrepentimiento.
¿Sabía realmente cómo era el demonio? Seguramente no. Unas horas durante varios años, no bastaban para conocerle del todo. Nunca se imaginó que no volvería. Esa era la prueba más real y válida de que no conocía nada, absolutamente del ser al que amaba.
Suspiró mientras cerraba los ojos y trataba de dormir algo, ya que la noche siguiente iba a ser muy complicada. Pronto entró en un sueño profundo, perdiendo la percepción del tiempo, y al empezar a anochecer de nuevo, sus ojos se abrieron. No tenía sed, no tenía ganas de levantarse. No quería enfrentar la realidad… Tenía mucho miedo de que el otro no viniese… Eso significaría que nunca le importó… Que solo era un juguete…
Se levantó en silencio y se cambió de ropa, poniéndose una pequeña túnica negra y unos pantalones del mismo color. Antes de salir, algo llamó su atención y no tuvo más remedio que cogerlo. Era una máscara blanca, la cual solo tenía dos agujeros a la altura de los ojos para poder ver. Mientras caminaba hacia el lugar del encuentro, con esta en el rostro, se acercaba la temible hora de la verdad. Esa noche cambiaría el rumbo de su vida, si se podía llamar así, viniese o no.
Pronto notó su olor y trató de calmar su corazón, el cual latía a una velocidad alarmante. Le había citado en el tejado de un edificio. Casi no se podía crear el hecho de que estuviese viendo su figura en este. Se quedó a una distancia prudencial mirándole, sin pronunciar palabra. Eran las 12, la hora de la verdad…
Sus ojos se posaron en los ajenos, agradeciendo tener una máscara que le tapase la expresión, ya que mirarle era una silenciosa tortura. Saber que le había dañado y que a pesar de todo se había presentado le desgarraba lentamente lo que le quedaba de alma, si es que la tenía.
—Viniste—susurró sin saber muy bien cómo reaccionar— ¿Cuáles son tus verdaderas intenciones? Que yo recuerde te dije que había matado a Itachi… ¿Acaso buscas venganza por su muerte? — se acercó lentamente hasta él, sin bajar la guardia en ningún momento— ¿O acaso no lo mataste tu abandonándolo a su suerte entre esas cuatro paredes?
Dejó que su olor llegase al mayor mientras una leve brisa mecía amablemente su cabello. Tenía que saber si aún significaba algo para ese demonio, si aún existía una pequeña posibilidad de que estuviesen juntos, o por el contrario, estaba condenado a pasar el resto de sus días alejado de él.
Alzó su mano lentamente hacía la máscara, acariciándola lentamente, llegando hasta uno de sus bordes. La retiró suavemente, descubriendo su ojo derecho. Estaba tan asustado e impaciente, pero sabía que las prisas no serían de ayuda. Le observó en completo silencio, hasta que finalmente descubrió un poco de sus labios, dejando ver medio rostro. No apartó ningún segundo sus ojos del rostro ajeno.
—¿Qué se supone que hice mal para merecer esto, Madara?...
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