Canción:Obsession InnerPartySystem
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Soledad.
¿Cuándo comienza la historia realmente?... ¿Qué fue de Madara y de Itachi antes de encontrarse? Todo ello se explica con cuidado aquí. También sus personalidades.
Madara
En combate Madara se muestra serio, frio, calmado aunque a veces hace bromas pesadas frente de sus oponentes despreciándolos y subestimándolos siendo una persona muy arrogante. Mientras que, en su otra faceta viviendo el día a día puede llegar a ser alguien muy bipolar, mostrándose un día melancólico y al otro la alegría de la huerta. Sus palabras suelen tener un aire cortante a pesar de todo y detesta que le lleven la contraria. Le gusta el color de la sangre y puede llegar a ser un sádico desconsiderado con sus enemigos y con aquello que considera de su propiedad. Puede llegar a ser muy rencoroso, guardando todo su odio por muchísimo tiempo, elaborando una venganza en su interior que muchos deberían temer.
Tramposo, vil, manipulador, buscando siempre su propio beneficio, a veces le da por buscar el placer que otra persona le pueda proporcionar, siendo un amante bastante experimentado en la cama y aunque se hace el inocente en esos temas suele ser bastante desinhibido. No se cortaría ni un pelo en besar y toquetear a alguien delante de otra persona por mucho que quien recibe sus caricias estuviese pasando la mayor vergüenza del mundo. Suelen sonreír en contadas ocasiones y aún más contadas si lo hace delante de alguien. Por otro lado, a veces le da por ponerse una máscara, ocultando así su identidad, ante eso, su personalidad cambia radicalmente, volviéndose alguien patoso, infantil y totalmente confiado, aunque eso solamente es una fachada que oculta tras de sí un depredador salvaje. Cuando lleva máscara suele hablar de sí mismo en tercera persona y usa el nombre de "Tobi"
Pase lo que pase, hará todo lo posible para que sus objetivos sean cumplidos.
Nada recuerda del lugar en el que "nació" y cada vez que piensa en ello siente como si la respiración se le cortase y un dolor profundo atenazase su pecho mientras la oscuridad parece cernirse sobre él en esos momentos, por eso dejó de pensar en su "hogar" hace muchos años. Su "llegada" a la Tierra fue por la invocación que unos (en su opinión) estúpidos humanos realizaron sobre su persona, estos humanos querían causar un gran mal contra el emperador de las tierras vecinas pues estas eran más prosperas que las de ellos y claramente buscaron el método fácil. Invocar a un demonio para que este arrasara los campos ajenos y enfermase a sus ciudadanos. Lo que no esperaron fue que el demonio al que invocaron tuviese aspecto humano y que este cumpliera parte de sus deseos. Arrasó algo, pero no fue precisamente a aquellos de los que tenían envidia...
Su estancia en América fue bastante más larga de lo que era habitual en él ya que allí conoció a una persona que hizo estragos en su vida, derrumbando totalmente los muros invisibles que había construido a su alrededor y con quien tuvo una tórrida aventura que pensó podría volverse algo más serio. Sin embargo, dicha persona le traicionó solamente dejando tras de sí un anillo del cual Madara, a pesar del odio que sentía hacia él se quedó. Como un recordatorio de aquello en lo que no debía volver a caer.
Por otro lado los humanos cada vez más controladores de sí mismos, cada vez más temerosos de todo lo extraño o que viniese de fuera. Tras el estallido de la primera guerra mundial permaneció oculto y cuando esta terminó viajo a Alemania pensando que ésta estaba muy debilitada y se podría vivir más tranquilo.
Un error bastante estúpido de su parte, pues después de varios años viviendo en aquel lugar notó algo extraño en el ambiente, una sensación de desasosiego y el surgimiento de alguien que lidero a los alemanes provocando el estallido de la segunda guerra mundial. Por supuesto, no se molesto en intervenir, busco seguir pasando desapercibido a los ojos de los nazis, ignorando la barbarie que estos cometían, ¿qué le importaba a él que esa raza se matase entre sí? Su raza y él mismo podrían quedarse con la Tierra si esos infelices desaparecían. En aquellos días pensó que sería agradable no tener que ocultarse más de la mirada humana, poder vivir en un sitio estable, poder tener un lugar al que llamar hogar. Aunque bien sabía que eso era casi imposible debido a que su naturaleza le exigía deleitarse con el sufrimiento ajeno. Quizá eso era lo que realmente le había llevado a quedarse en aquel lugar.
Bien podría haberle dejado tirado allí para que se las apañase solo, sin embargo, contra todo pronóstico, le acogió, le dio un nombre y le enseño todo aquello que conocía sobre los vampiros, que era aquello que había averiguado tras interrogar a algunos de su especie por pura curiosidad sobre ésta. Pero no solo le dio todo lo que era si no que, observando el dedo índice en el que llevaba su anillo, se lo entregó, buscando librarse de vivir con esa tortura para verla en el más joven, asegurándose de que así no cometía ningún error estúpido con él.
Desde entonces vivió con él, enseñándole cosas del mundo pues parecía haber olvidado muchas, teniendo que retrasar sus marchas puesto que el más joven no acostumbraba a largarse tanto de algunos lugares. Empezó a sentirse raro, no solo era el hecho de que ese vampiro pareciese convencido de que él era su "creador" (cosa que trato de desmentirle de manera sutil y sin decírselo a cascoporro) había algo que empezaba a ponerle nervioso con respecto al más joven, algo que no llegó a identificar puesto que un día, tratando de hacerle entender cuáles eran las claras diferencias entre demonios y vampiros esperando que así comprendiese lo que él era realmente sin tener que decirlo en voz alta, tuvieron una fuerte discusión.
Madara se hartó, le dijo que era un estúpido que no podía ver más allá de sus narices aunque le pusiesen la respuesta delante de ésta y se largó de aquel lugar en el que Vivian por un espacio de tiempo, azotando la puerta con una fuerza inmensa al salir. Tras eso ha estado viviendo sólo, viajando por diferentes lugares como hacía en el pasado, buscando cuidadosamente no toparse con aquel vampiro inútil porque no sabe como podría reaccionar cuando lo viera. Así que mientras tanto se ha ido ocupando de algunas cosas que tenía pendientes así como de ganar algo dinero para aumentar su pequeña fortuna.
Itachi
Es de estatura media para ser un hombre, ya que mide 178 centímetros, siendo bastante delgado, pensado 58 kg, pero esto fue condicionado por la época en la cual vivió. Su cabello es de color negro azabache, lacio, que sobrepasa sus hombros, y siempre lleva recogido en una coleta. Sus ojos son de color rojo debido a la transformación en vástago, anteriormente eran negros como la noche. Su cara demuestra leves rasgos asiáticos por herencia materna, pero su estado físico y la musculatura son de herencia paterna y por tanto alemana. Si hablamos de la ropa que está acostumbrado a llevar, el color que prima es el negro, y el tejido es el cuero. Tiene un tatuaje en el brazo izquierdo, sin significado alguno, y siempre porta un collar, que consta de tres piedras de color blanco, y un anillo que lleva en la mano derecha, siendo la gema de este de color roja y con una letra en japonés, que significa: 朱 (Vermilion).
Cuando fue convertido perdió su personalidad, pero con el paso de los años se volvió alguien frío y distante, a la vez que un poco tímido en los primeros momentos con Madara. Es un impulsivo que odia que sepan lo que está pensado, y tiene mal carácter cuando no ha bebido. Cuando la sangre recorre sus venas es otra cosa, a veces se vuelve manso y acata órdenes, pero de una única persona. Cuando se encuentra sobre la cama es muy pasional y brusco, dejando las sutilezas para otras ocasiones, incluso se vuelve bastante sádico, sobretodo cierta parte de su personalidad, Ryu. No suele confiar en nadie, y se ha vuelto bastante cuidadoso respecto a unos temas, detesta ciertas palabras, o que intenten mandarle, ya que es bastante vengativo.
Nació en 1919 en los barrios bajos de una Alemania en un periodo de entreguerras. Su madre no estaba en la mejor posición social, era una prostituta que había emigrado de Japón buscando una mejor vida que no había encontrado al ejercer tal oficio. De su padre nunca supo nada, ya que fue un militar alemán de una noche, y la verdad es que de su madre tampoco supo, ya que fue abandonado a su suerte. A los pocos días de estar en un orfanato fue adoptado por uno de los seguidores del dirigente alemán nazi. A partir de ese momento fue educado para ser un despiadado nazi, obteniendo una carrera notable y brillante a sus 20 años de edad. En 1939, cuando recién los había cumplido, estalló la Segunda Guerra Mundial, y cómo no, también se dedicó a la tarea de asesinar ciegamente a los judíos, pues para él las palabras de Hitler eran los designios del divino, aunque no fuese muy creyente.
El único error que comentó en esa época fue seguir a uno de sus generales fuera del campo de batalla, ya que le tenía que entregar unos informes. Le siguió hasta un callejón en el cual le encontró con otro hombre haciendo cosas indecentes que nunca había pensado que eran posibles. La sorpresa le dejó inmóvil, y lo último que vio antes de perder su vida humana fue la cara del otro hombre, ya que el comandante se acercó rápidamente y comenzó a beber de él. Cuando terminó dejó que Ryu cayese al suelo, dándose un gran golpe en la cabeza. El alemán le ofreció el cuerpo del joven a aquel demonio, ya que él no quería tener un aprendiz, aquel ser era Madara, que le ofreció un nuevo nombre al muchacho que siempre tendría 20 años, y que había olvidado todo su pasado por dicho golpe. El demonio además de darle un nombre y un anillo, le ofreció un hogar, y le enseñó cómo pudo a vivir cómo un vampiro, pasando la mayoría de su tiempo con él, hasta 1990. En ese año tuvieron una fuerte discusión, debida al carácter de ambos, y a que Madara le había enseñado la diferencia entre los demonios y los vampiros, ya que a los ojos de Ryu, y aunque sospechara que Madara era diferente, este le había convertido en un vástago. La última vez que le vio fue dando un portazo… a partir de ese momento comenzó a vivir solo, pero con la vaga esperanza de que algún día volvería a verle. Por ello ha hecho innumerables viajes alrededor del mundo, el primero a Japón, donde adquirió las armas que emplea actualmente.
Cuando observó el rostro ajeno, la indiferencia se plantó en el propio. Sabía perfectamente que era él. No había olvidado ningún detalle su rostro después de todo. Su voz era exactamente igual a la que como la recordaba, solo que esta vez no pronunciaba las mismas palabras que había escuchado la última vez. Cerró los ojos por unos segundo sintiendo su cálida mano en su mejilla. Ese leve roce despertó sentimientos dormidos en su interior, y estos se abrumaron cuando sus ojos se encontraron de nuevo. Le observó durante unos eternos segundos, notando el alcohol en su aliento.
Los primeros pensamientos que parecieron claros en su mente fueron que seguro el demonio no se acordaría de lo que pasaría esa noche. Que estaba borracho y por eso no huía de él. Por ello no corría a esconderse de nuevo de él. Pero no iba a permitir que de nuevo se alejase de su lado, nunca más.
De pronto sus labios notaron los del mayor en su superficie. Cerró los ojos de nuevo, sin saber cómo reaccionar, algo dentro de él volvía a doler, y ese sentimiento era mucho más hiriente que cualquier herida física. Comenzó a responder a su demandante beso cuando el otro se levantó, y sin saber muy bien por qué, pronto se encontró cerca del baño. Las cálidas manos de su amado se perdían entre su ropa y las notaba en su vientre, pero no conseguía reaccionar del todo. Es más, no lo hizo hasta escuchar su voz de nuevo. Intentó mirarle a los ojos, pero el otro se dedicaba a jugar con su oreja.
¿Condones?...Aún el otro no había dicho su nombre y eso le resultaba extraño. Llevó una mano al cabello ajeno, acariciándole levemente, sin poder creérselo, pero pronto lo comprendió. Madara no le había reconocido, o no quería hacerlo, él otro solo quería sexo. Sexo con cualquiera…. No con él… Madara no lo había buscado en todo este tiempo… Se había olvidado de él. Se había olvidado de Itachi. De ese pequeño vampiro que estaba profundamente enamorado de él… Solo había sido un experimento de un demonio, no… Madara nunca había sentido aprecio por él… Nunca…aunque lo hubiese esperado 50 años encerrado en aquella mugrosa y asquerosa habitación… y hubiese estado 20 años buscándole… Definitivamente no era nada para él… Pero Itachi ya no existía.
Itachi había muerto hace 20 años, cuando salió de aquella habitación, ya que él era Ryu, un vampiro que solo buscaba sexo y sangre. Pronto se aferró a ese pensamiento mientras metía la mano por debajo de la camisa del mayor, acariciaba su espalda con una uña. Sí… Cerró los ojos por unos segundos mientras se convencía en que aquel ser que estaba entre sus brazos besándole, era solo un mero objeto…el cual debía ser maltratado… Él cual debía sufrir. Madara iba a ser su víctima esta vez. Ahora no tenía sentimientos, ahora le tocaba hacerle sufrir.
Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro mientras la palabra tortura aparecía escrita en su mente. Con su otra mano cogió las de Madara, acariciándolas, lentamente, como si le estuviese mimando, pero en realidad le estaba inmovilizando sin que el otro se diese cuenta. El hecho de que estuviese borracho le ayudaba muchísimo. Cuando por fin consiguió cortar la movilidad del demonio se acercó a su oreja, calculando las palabras que iba a pronunciar.
— ¿Condones?... ¿No crees que es un poco tarde para utilizarlos? —Susurró con malicia—Conmigo nunca los usaste… Además— Hizo que se voltease y la espalda del mayor chocase contra su pecho. Desde esa posición tenía mejor acceso a lo que quería tocar—Presiento que no te harán falta.
Sin decir nada más rompió la camisa del mayor, esta prenda la utilizó para atarle las manos a la espalda, y así tener las propias libres. Comenzó a apoyarse en el demonio, empotrándole contra la pared sin cuidado alguno, esperando con ansia escuchar sus gritos. Agradeciendo que la propia música de la discoteca fuera el aislante perfecto para ellos.
—Puedes gritar todo lo que quieras, Madara—susurró en su oreja, pronunciando lentamente su nombre—Pero, nadie vendrá… Te voy a comer…
Lamió lentamente su cuello, tocando con sus colmillos la pálida piel, hasta que finalmente los clavó con saña en esta delicada parte de su anatomía. Los separó nada más abrir la herida, para observar con júbilo como su preciada sangre, cálida y carmesí, recorría su cuello y caía al suelo en completo silencio. Tras unos segundos de observación, comenzó a lamer ese exquisito manjar. Clavó de nuevo sus colmillos en la herida, bebiendo sin ningún cuidado, cerrando los ojos. Definitivamente esa sangre era la mejor que había probado desde hacía años.
Separó la boca de su cuello, tras lamer la herida para que parase de sangrar, no quería que perdiese el conocimiento, no aún. La noche era demasiado joven para que se desmayase al principio del nuevo juego. Con su mano derecho jaló del cabello de Madara, mientras que con la izquierda se dedicaba a arañar lenta e irregularmente su espalda. Sin esperar muchos tiempo le clavó las uñas, observando con regocijo como la sangra brotaba de esas nuevas heridas. Se lamió lentamente los dedos mientras esperaba que nunca hubiesen tratado así a su “querido” Madara. Una sádica sonrisa se dibujó en su rostro mientras el pantalón ajeno caía al suelo.
Su trasero fue enseguida observado con cierta curiosidad por el vampiro. Enojándose ante la idea de que cualquier otro lo hubiese tocado antes que él. O que el mayor se hubiese dejado tocar… Estas ideas solo provocaban que su ira aumentase y le tratase con mayor desprecio aún. Le abrió las piernas con la rodilla mientras lamía levemente su nuca.
—Me pregunto si debería pagarte por esto… Pareces una puta….dejándote follar tan fácilmente— se rió levemente en su oreja mientras que con una mano agarraba su miembro—Quizás deba decirte mi nombre para que lo grites mientras te la meto… Ryu, recuérdalo bien…porque quizás debería decirte que maté a alguien a que conocías…
Cerró los ojos apartándose de su oreja y dejó de pensar, pasando a ser un ser totalmente irracional, era la mejor manera para que el demonio al que tanto apreciaba pagase por su crueldad. Se bajó la cremallera de los pantalones con lentitud, eliminándolas dudas que amenazaban los actos futuros. Su pantalón se deslizó con cuidado, bajándose hasta la altura de las rodillas. No necesitaba nada más. Si ocurría lo que tenía que ocurrir, Madara sería por siempre suyo, y eso lo que había deseado desde hace muchísimo tiempo.
Finalmente se decidió y acercó a su erecto miembro a la entrada de Madara. No iba a ser amable, él tampoco fue al dejarle abandonado. Una mano acarició su bajo vientre, lentamente, incluso con cariño. La otra se dedicaba a masajear el pene ajeno, esperando a que se erectase un poco. Cuando lo consiguió comenzó a ejercer presión, hasta que la entrada del mayor cedió, y comenzó a introducirse lentamente en él. Provocándole dolor, ya que no le había preparado, y provocándose dolor a sí mismo. Pero eso poco le importaba. Se apoyó en su espalda, esperando por unos breves segundos, entreteniendo en lamer su espalda. Cuando lo creyó oportuno volvió a reanudar el movimiento, penetrándole lentamente. Emitió un leve jadeo cuando se introdujo por completo en el cuerpo del mayor, gozando de esa agradable sensación de dominación, poder, y satisfacción. El cuello de su víctima volvió a recibir varios mordiscos hechos con todas las malas intenciones.
—Quizás esto te recuerde lo que has abandonado, maldito demonio…. — susurró mientras le jalaba de nuevo del pelo.
Comenzó a penetrarlo sin compasión alguna, cogiéndolo de la cadera para que se le hiciera más fácil dicha tarea. Solo se centraba en satisfacer la erección que tenía entre las piernas, y que ahora mismo se encontraba dentro de su Madara. De esa forma, era definitivamente suyo y de nadie más. Tras varias estocadas seguidas y con fuerza se paró escuchando los jadeos que salían de la boca del mayor. Clavó las uñas en su cadera, haciéndole sin darse cuenta sangre.
Para su disgusto no podía dañarlo sin sentirse mal. No podía imaginarse su rostro en ese momento. No era como él. Le dolía el sufrimiento que le estaba proporcionando al ser que amaba, pero no podía parar ahora. Si quería comprobar que Madara sentía algo por Itachi, si quería que no se fuese de nuevo para siempre, debía seguir. Si quería sentirse vivo, debía continuar con esa tortura.
En un pequeño arrebato mordió su hombro mientras comenzaba de nuevo a penetrarle, rápidamente, deseando acabar con esa tontería. Pensando que nunca podría mirarle a la cara de nuevo. Que no podría volver a dormir, pensando que era un blando. Finalmente se corrió en su interior y salió de él, dejando de apretarle contra la pared. Se separó y se subió el pantalón con la mayor tranquilidad del mundo, como si nunca hubiese pasado eso.
—Será mejor que escuches con atención…—susurró mientras encendía un cigarro y le daba una calada. Se acercó y cogiéndole de los pelos, le metió la cabeza en el lavamanos. Abrió el grifo con agua helada y tras unos segundo lo cerró— Tengo a Itachi conmigo… Si lo quieres tendrás que venir mañana por la noche a esta dirección— le dejó un papel al lado con ella— a las 12. Si no vienes, lo dejaré encerrado en el patio, y supongo que sabes cuando a un vampiro débil le da el sol…suele desaparecer.
Soltó su cabello y le tiró el humo a la cara, sin querer mirar su rostro. Sin decir más palabra salió de aquel baño y se mezcló con los humanos que bailaban como si no hubiese mañana en aquella discoteca bajo una música ensordecedora. Su olor pronto se perdió y de esta manera no podría seguirlo.

Vacío.
Después de esa frase y día, los pensamientos de Itachi se pararon en el tiempo, congelados, sin poder avanzar ni retroceder. Era como si simplemente su mente se hubiese desprendido de su cerebro y hubiese caído en el letargo de la noche, como si en su lugar alguien se hubiese establecido, y ese alguien era Ryu. Este nuevo ser sólo tenía un objetivo rondando su cabeza, matar a su creador, pero para ello debía encontrarlo, tarea ardua y difícil, teniendo en cuento que solo podía emplear el amparo de la noche y Madara era libre.
Se dejó guiar por aquel humano hasta una habitación, mucho mejor que aquella en la cual había malvivido durante muchos años, sin saber cuántos exactamente. Tan pronto como la puerta fue cerrada, notó que su cintura era atraída y sus labios eran mancillados por otro ser, que no era el que deseaba. Ferozmente, con lujuria… no puso demasiada atención en ese intento de beso.
— Debes cerrar y tapar todas las ventanas— susurró tajante mientras el ataque continuaba y las manos del otro ser se perdían entre su ropa y su piel.
Se tensó cuando recordó que esas mismas palabras eran pronunciadas a menudo por esa persona que añoraba sin poder evitarlo. El humano le había hecho caso sin medir palabra y tras cerrar todo con bastante cuidado se acercó a él, empotrándole contra la pared.
— Espero que te guste el dolor ya que…
No alcanzó a escuchar lo último, ya que todos, a partir de ese momento, serían tratados como objetos para Ryu. Medios para conseguir lo que tanto ansiaba, el dolor que llenaría el vacío que tenía que soportar y no podía.
Solo habían pasado unas pocas horas desde que había abandonado aquella cárcel de melancolía y no se sentía para nada liberado, su pena había crecido mientras alguien acariciaba su cuerpo con deseo. Mientras alguien trataba de torturarle físicamente, Ryu, solo podía concentrarse en recordar aquellos momentos en el cual alguien acariciaba con suavidad su cuerpo.
Pero de nuevo, perdido en sus pensamientos, la sed clamaba ya en su garganta, no era tanta como la que había sentido al salir aquel lugar de pesadilla, pero era lo bastante incontrolable como para que sus colmillos buscasen solos una piel en la cual clavarse con firmeza y extrajesen aquel delicioso néctar.
El humano se asustó en un principio, pero como siempre sucedía, tras unos lentos segundos cayó en su embrujo, y le permitió beber cuanto quisiera. Pronto su garganta dejó de mandar sobre su cerebro y separó la boca de su cuello, mirándole expectante, deseando en silencio que le dañarse, rasgase su fría piel y le hiciera gritar pidiendo la muerte, lo que nunca nadie antes había conseguido, pero tampoco le fue concedido ese deseo.
Aquel ser solo se poseyó varias veces esa noche, le dañó, le hizo sangrar, trató de ahorcarle, pero la única respuesta de Ryu fue completa indiferencia en su rostro… no sentía absolutamente nada.
Cuando se despertó todo estaba oscuro y no había nadie a su alrededor. El fugaz recuerdo de su pasado atormentó de nuevo su mente. Permaneció horas inmóvil, sabiendo que abriendo tan solo una pequeña brecha en las cortinas podría morir, sabiendo también que era demasiado cobarde como para hacerlo. Poco a poco notó que la temperatura bajaba, se hacía de noche y alguien entraba lentamente en la habitación. La misma cara, un rostro sin nombre y el mismo juego de la otra noche. No sabía cuánto tiempo exactamente había estado bajo esos brazos, pero las heridas ya no sangraban, el sexo poco a poco se había ido convirtiendo en algo dulce, y eso no le atraía en absoluto. Pronto el ser humano pronunció las palabras prohibidas.
— Te quiero….no me importas lo que seas Ryu…
Palabras que desataron la ira del vampiro y le llevaron a arrancar la vida de aquel que se había atrevido a pronunciarlas. Se marchó de lugar cuando se cambió de ropa, ya que la que tenía quedó manchada de sangre. Tenía que comenzar de nuevo a buscar a alguien que pudiese llenar ese hiriente vacío de su ser. Pero lentamente se daba cuenta de que cuanto más tiempo pasaba con cada una de sus presas, antes decían esas fatales palabras.
Así que, herido de muerte, se lanzó de nuevo a la calle, sin un destino concreto y sin más objetivo que buscar refugio antes del amanecer. Caminaba sin descanso cuando sintió que su corazón le daba un vuelco. Corrió tras alguien y se lanzó a sus brazos besándole. Abrió los ojos algo emocionado, y chocó contra la realidad, de nuevo había corrido a los brazos de un desconocido pensado que había encontrado lo que con tanta ansia buscaba, pero no era él. No era su Madara. Se percataba lentamente de que iba olvidando su rostro, y el temor florecía en su interior. ¿Acaso era posible que se lo hubiese cruzado y no lo hubiese reconocido? Ese pensamiento aumentaba el vacío. El dolor ya no era suficiente para mantenerlo a raya, así que un día dejó que el sol quemase su piel, por unos segundos. Ni una lágrima escapó de sus orbes a pesar de que sintiese arder su piel. Estaba tan muerto por dentro, que lo único que temía era olvidar las facciones de esa persona que con tanto ahínco buscaba. Estaba prácticamente condenado, pues esa situación era su culpa y porque era un maldito cobarde.
No tenía pasado sin Madara, y sin él, tampoco tenía un futuro. Era una cruel paradoja que tenía más sentido con cada día que pasaba. Encima, las armas de autodestrucción creadas por los humanos no tenían efecto en él, ni el alcohol, ni las drogas ni el tabaco le llenaban ni le distraían. Ya ni su propio masoquismo era suficiente. Siempre que se hería, ya fuese a sí mismo como el sol, aparecía alguien para rescatarle, pero no era el ser que estimaba… no era Madara.
Pronto optó por integrarse en la sociedad, no renunció a ser maltratado en ningún momento, sino que buscó a humanos sin compasión, y no volvió a cometer los mismos errores que desencadenaron esas palabras. No dormía con ellos, y tan solo pasaba el tiempo necesario con ellos. Se buscó su propia casa y víctimas que no conocía, dejando así de buscarle…
Pero el destino era algo que no controlaba, y el azar quiso que un día entrase con una chica a una discoteca. No puso demasiada atención en la gente que bailaba, solo quería beber de ella e irse. Recibió la copa que esta le dio y dirigió una mirada en general. De nuevo su corazón se revolvió en su cavidad. Estaba allí, pero, ¿era una ilusión o era de verdad? Sin pensárselo dos veces se acercó en completo silencio al demonio, deslizando una mano por su vientre. No estaba seguro, pero olía… como su Madara.

La eterna oscuridad que inundaba la habitación era lo único que había visto desde que tenía conciencia. Nada había cambiado desde el principio de los tiempos, pero eso no le importaba pues tenía lo único que necesitaba. Esa persona que venía a la misma hora era lo único que necesitaba. Su largo cabello del mismo color que la noche cuando la luna brillaba en silencio. Sabía que eran distintos, que ese ser no era cómo él, pero desde que había abierto sus ojos era lo único que había permanecido a su lado.
Como todas las noches arrastraba algo consigo. Era igual que ellos en forma física, pero su olor era completamente distinto. Se acercó siseando lentamente, ya que más de una vez se había llevado algún que otro golpe por abalanzarse contra el mayor. Cuando este soltó al humano, como le llamaba, en el suelo se acercó olisqueándole. Hasta que Madara, sí, fue la primera palabra que aprendió a decir, y era el nombre de aquel ente tan importante para él, no le hizo un corte y la sangre comenzó a manar de este no le clavó los dientes y comenzó a beber.
Cuando el fuego de su garganta que se extendía por sus venas se calmó, separó sus labios de la piel ajena y dirigió su mirada a Madara, que le miraba expectante, como todas las veces que sucedían el ritual. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que despertó, solo que había traído a más de un centenar de esos seres.
A continuación pasó lo de siempre. El moreno tomó asiento en lo que él denominaba cama y se dedicó a mirarle en silencio. Más de una vez le había acercado y le había comenzado a acariciar el cabello. Se lo había recogido y susurraba su nombre, sí, Itachi le llamaba. No sabía por qué, pero le trataba como si fuese un bebe, pero realmente lo era, pues no sabía absolutamente nada. No había salido de esas cuatro paredes que no tenían absolutamente nada. No había ventanas que permitiesen ver lo que había, y el mayor no le permitía seguirle cuando abría la puerta y se marchaba. Normalmente cuando se quedaba solo podía escuchar voces fuera, pero no entendía las palabras que pronunciaban, así que se dedicaba a dormir.
— ¿Cuándo podré ir contigo? — susurró el menor mientras en sus orbes rojizos se observaba la emoción que contenía la pregunta. Quería seguirle, y saber qué había fuera. Saber más sobre su Maestro, aunque Madara se enfadase cuando le llamase así.
— Aún no estás preparado— contestó el otro escuetamente.
El vampiro bajó la mirada por unos pocos seguros. Nunca conseguía mucho del otro. Es como si no estuviese dispuesto a dejarle salir nunca, como si le protegiese demasiado. Comenzó a fijarse en su cuello, esbelto y sugerente…. Se acercó lentamente y el otro dejó que lo hiciera. Sus labios se acercaron con rapidez, como si fuesen los polos opuestos de unos imanes. Pronto subió la temperatura ambiente. Ninguno sabía cuando habían comenzado a atraerse, pero ya era algo imparable. Itachi solo podía recordar que necesitaba besarle y ser poseído por el otro cada cierto tiempo, claro que no entendía el por qué.
Pronto fue recostado en la cama con cierta brusquedad mientras la lengua del otro comenzaba a explorar su cuello con rapidez. Simplemente se dedicó a acariciar su larga y suave cabellera. La admiración que profesaba por Madara, pasaba la que un alumno puede tener por su maestro. Las horas que pasaba solo se dedicaba a recordar cada gesto y movimiento del moreno, pero eso no podía decirlo.
Las pocas prendas que ambos llevaban pronto acabaron en el suelo, abandonado la piel que protegían a las caricias de ellos mismos. Sus lenguas jugaban con pasión, y a la vez lentamente, no tenían ningún tipo de prisa, tenían toda la eternidad.
La primera vez que lo hicieron ya era lejana, el mismo Itachi ya había ido cogiendo experiencia hasta el punto de que demostraba agrado al dolor. Siempre con esos ojos negros reclamaba que la introdujese sin ningún tipo de cuidado, y el otro no podía remediar darle lo que pedía. En esta ocasión pasó lo mismo, y el mayor no podía negar que le encantaba entrar de esa forma brutal y ser recibido con un abrazo. Las uñas del vampiro se clavaban cada noche en su piel, haciéndole daño, pero demostrando que todo aquello no era una ilusión. De la garganta del menor no salió ningún quejido, así que Madara le mordió levemente la nuez de Adán, siempre le castigaba con un tortuoso silencio. Pero solo recibió como respuesta una mirada. Esa que le encantaba. Sus ojos decían todo lo que su cuerpo no expresaba, sentía un placer desbordante, y algo más que el mayor no quiso identificar con claridad. ¿Le aterrorizaba lo que significaba?... Claro que sí, por eso siempre lo obviaba, aunque era muy evidente.
Comenzó a embestirle rápidamente mientras el único sonido de la habitación eran los jadeos del menor. Este estrechaba su entrada para provocar a Madara, y que gimiese este, pero no estaba muy dispuesto a hacerlo. El ritmo aumentaba cada vez más, hasta que ambos llegaron al éxtasis y se quedaron jadeando en silencio. El demonio se apoyó en Itachi un rato mientras este le lamía el cuello distraídamente. Ambos sabían que pronto el otro se iría, aunque claro, el vampiro no tenía ni idea de por qué siempre se iba, no le estaba permitido preguntar. Así que cuando el otro se levantó y comenzó a vestirse, solo pudo observar su robusta espalda en completo silencio. Se volvía a quedar solo en esa agobiante y pequeña habitación… Notó como el otro le desordenó el pelo y caminó hasta la puerta. La abrió y salió sin mediar palabra alguna. Escuchó el mismo ruido, ya sabía que lo que hacía era cerrar la puerta, más de una vez había tratado de seguirle, pero no podía abrirla. El joven vampiro cerró los ojos dispuesto a dormir hasta que el mayor volviese de nuevo, no podía soportar el vacio que le provocaba la marcha del otro.
Todas las veces que venía pasaba lo mismo, Itachi dejó de contarlas hacía mucho, pero notaba que cada vez le dolía más quedarse solo. Oír que abría hacía que un extraño sentimiento golpease su pecho, que poco a poco se confundía con la sed. Un día como otro cualquiera, el mayor entró sin una presa en sus manos, sino una bolsa. Se acercó y se la entregó. El menor, que estaba sentado en el suelo alzó la ceja y observó lo que contenía, que era ropa.
— Póntela, vamos a salir — dijo únicamente Madara, que se sorprendió al ver la ilusión reflejada en el rostro del menor, incluso le pareció ver una sonrisa en sus labios.
Sin esperar más, Itachi se desnudó y se vistió, sin percatarse de la mirada lasciva que tenía el demonio en sus ojos cuando observó su piel desnuda. Tan pronto como se puso las prendas, el otro se acercó y le peinó el cabello con cuidado, sorprendido de lo bien que le quedaba el negro. Sin poder evitarlo le besó los labios con cuidado, y fue respondido. Le agarró del brazo y le llevó hasta la puerta. La inseguridad le invadió durante un breve periodo de tiempo. Nunca le había sacado de aquellas cuatro paredes, debía tener cuidado, porque tampoco le podía dejar ahí para siempre. Le apretó un poco el brazo al pensar que se podía manchar de su lado…
Finalmente abrió la puerta y dejó que el menor saliese… La inocencia se apoderó de su rostro, a la vez que la curiosidad… Madara no pudo evitar que un leve sonrojo, pero fugaz cruzara su cara. Tragó saliva y le agarró de la mano para sacarlo de ahí, tendría que beber cuanto antes, para calmar su sed y así ayudarle a redescubrir el mundo. Tuvo que tirar muchas veces de él, porque se quedaba mirando fijamente a las ventanas.
Lo sacó de aquel viejo edificio y le pegó más a él, pues caminaban personas por la calle y el menor comenzaba a emitir leves gruñidos y siseos. La excitación y la emoción dejaban de dominar el cuerpo de Itachi, y daban paso al ardor de su garganta. Los colmillos comenzaron a asomar por sus labios, necesitaba beber ya. El demonio localizó una presa fácil y se la señaló al vampiro, que fijó su vista en él. Debía saber si sabía cazar por sí solo, y si luego podría controlarse. Observó con fría crueldad como su pequeño mataba al humano y bebía su sangre con rapidez, sin mancharse. Ante ese pequeño detalle alzó la ceja, la verdad es que Itachi no quería manchar algo que le había dado su adorado maestro.
Cuando estuvo saciado se acercó a Madara y este le limpió los labios con cuidado. Le cogió de nuevo de la mano y le llevó por las calles vacías hacía su casa. Itachi se frenaba cada vez que podía, mirando lo que fuese, desde la luna hasta un gato que les miraba desde la oscuridad. Pronto sus manos se separaron. El mayor se giró en busca del vampiro, pero solo alcanzó a ver que se metía en una calle. Sintió que su corazón se le escapaba y corrió tratando de alcanzarle.
Pronto se oyeron unos gritos que hicieron que el corazón de Madara se parase unos segundos. Dejó de correr y caminó en silencio hasta la plaza donde se encontraba el menor. Los ojos rojos de Itachi demostraban que no estaba preparado para el exterior. Cadáveres yacían en el suelo, inertes, desangrándose. No había ya nadie vivo, pero Itachi seguía moviéndolos para ver si lo estaban. Se acercó lentamente hasta él.
— ¿Quieres? — susurró ofreciéndole el cuello de una de las víctimas. En ese momento comprendió que no era bueno para cuidar de su pequeño. Este pensaba que eran iguales, pero no era verdad. El mayor negó y agarró la mano de Itachi, sin saber realmente qué hacer — ¿Qué pasa?
No obtuvo respuesta ninguna. Le siguió en completo silencio mientras veía que regresaban de nuevo a esa oscura habitación. Tardaron mucho menos en llegar, pero la situación era tensa. Abrió la pesada puerta y metió al vampiro bruscamente en su interior. Este le miró sorprendido y se acercó hasta él.
— ¿Qué pasa? — susurró.
— No soy como tú, ¿por qué no lo entiendes de una jodida vez?
— ¿Qué es lo que quieres decir, Madara?
— Veo que esto no va a llegar a ninguna parte — dijo molesto y se fue sin cerrar la puerta.
Itachi miró sorprendido como se fue. No sabía cómo reaccionar ante esa puerta abierta. Así que se limitó a cerrarla y sentarse en la cama. Esperándole. Pasaron varias horas…. Muchas más… días… meses….
La sed, ese maldito sentimiento les estaba volviendo loco. No se podía mover de su lecho, estaba tan débil que no entendía porque el otro no había venido. Notaba un agudo dolor en el pecho, como si le faltase algo importante. Miró la puerta con algo de esperanza, como siempre, pero siempre pasaba lo mismo, nada….ningún ruido, ni pasos en el pasillo. Silencio, el más absoluto silencio. Las últimas palabras de su maestro resonaban en su cabeza sin descanso… ¿A qué se refería con ellas?... ¿Le había abandonado? No podía ser… y en tal caso, ¿por qué?
Las preguntas le torturaban sin dejarle dormir, sentía una agobiante presencia a su alrededor, olía a muerte, ¿se estaba muriendo? Muchas dudas surgieron a partir de esa pregunta, ¿y si le había pasado algo? Debía ir a buscarle…a su Madara. Trató de levantarse, pero cayó pesadamente contra el suelo, quedándose sin aliento. Entonces oyó algunos ruidos. Miró de nuevo hacia la maldita puerta, y notó como alguien la abría lentamente… El corazón se le encogió levemente, pero la desilusión acudió rápidamente hacia su rostro. No era él.
Era una mujer, que se acercó preocupada hasta él. Demasiado ingenua. Pronto su vida acabó, bajo los colmillos de Itachi. Tras beber y observar como sus latidos paraba, una ira comenzó a surgir desde lo más profundo de su ser. Un líquido cristalino, salió de sus ojos. Lo tocó, estaba llorando. Por fin había comprendido que no iba a venir, pero no quería creerlo, sabía que era su maldita culpa. Comenzó a desgarrar furioso la piel de su nueva presa y cuando colmó la frustración en ella se separó. Cerró la puerta y se echó de nuevo la cama.
Permaneció mucho tiempo en la habitación. Al principio olió mal, el cuerpo de la joven yacía descompuesto, pero poco a poco solo quedó los huesos de ella. Se había alimentado de unos pequeños animales que entraban de vez en cuando. Siempre mirando la puerta, culpándose de la marcha de lo único que le completaba. Desamparado en el vacío de un mundo que no comprendía, ni conocía.
Uno de los días alguien abrió la puerta de nuevo, notó como su corazón volvió a latir. Era un hombre, alzó la vista, y comprobó con desagrado que no era él. El vacio volvió a dañarle profundamente. Sí, prácticamente estaba muerto por dentro.
— Chico, ¿estás bien? — el hombre solo obtuvo una risotada macabra como respuesta. Sus ojos se fijaron en los huesos que habían en el suelo. Un escalofrío recorrió su espina dorsal mientras trataba de volver a la puerta, pero ya era demasiado tarde.
— Y tus últimas palabras se pierden en el silencio de este mundo imperfecto — susurró el propietario de tal risa, mientras se acercaba al hombre — cayendo en el averno del dolor y muriendo…
Esas fueron las última frases que oyó aquel hombre antes de morir bajo un despiadado asesino. Se atrevió a cruzar la puerta por fin, tras una larga espera de medio siglo…. Cincuenta años de letargo que le habían pasado factura. Ya no era el mismo, se había convertido en algo que a si mismo le daba pavor. Salió de aquel ruinoso edificio, jurando venganza hacía su maestro y se internó en la oscuridad de la noche. No tardó mucho en encontrar a una persona paseando, que no tenía una pinta muy agradable.
— Eres extraño y hermoso — comentó aquel humano sin saber que estaba entrando en las fauces del lobo — ¿Cómo te llamas? — Itachi le miró sin expresión ninguna en su rostro y con los ojos apagados.
— Mi nombre es Ryu… ¿Quieres sexo?...
Eso sorprendió al otro que sonrió y le llevo hacia algún lugar…