lunes, 26 de septiembre de 2011
La máscara
Cuando notó que los rayos del Sol se acercaban, y el amparo de la noche comenzaba a desvanecerse, se dirigió al pequeño piso donde se escondía por el día. Subió en el ascensor en completo silencio. Observando su reflejo en el espejo. Mirándose a los ojos, comenzando a reprocharse sus actos. No tuvo más remedio que desviar la mirada y cerrar los puños, clavándose las uñas. Suspiró mientras la puerta se abría y comenzó a buscar las llaves. Tras abrir, cerró la puerta y se sintió un poco más cómodo ante la plena oscuridad. Su “casa” era como un completo Bunker, no había ni una lámpara, ni una sola luz. Se acercó lentamente a su cama y se echó en esta lentamente.
Se sentía totalmente estúpido. Había soñado, fantaseado muchas veces que haría cuando se encontrase cara a cara con él, pero en ninguna de sus fábulas le había hecho lo que había pasado en la realidad. Se arrepentía, muchísimo, ahora se sentía más Itachi que Ryu… y eso tampoco le gustaba, porque después de todo, Ryu no era más que una pobre y frágil coraza creada para sobrevivir ante la ausencia de su querido Madara. Aunque ahora que lo pensaba, si este se enteraba de que era él, volvería a huir, o lo mataría. Seguía prefiriendo la segunda opción.
Peor era que tendría que verle de nuevo cara a cara. Y no tenía pensado nada. Ni siquiera sabría si podría mirarle a la cara, aunque la respuesta sería seguramente que no. No podría sostenerle la mirada sin que la culpa le matase lentamente por dentro. Oiría voces en su cabeza reprochándole todos los actos de los últimos 20 años. Aunque estuviese buscando a Madara en esta época de tiempo, siempre supo que nunca lo encontraría. Aunque erró al cree en dicha suposición. Y sabía que por mucho que pidiese disculpas o perdón, nunca volvería a escuchar las palabras de Madara. Puede que incluso este no creyese en sus palabras de arrepentimiento.
¿Sabía realmente cómo era el demonio? Seguramente no. Unas horas durante varios años, no bastaban para conocerle del todo. Nunca se imaginó que no volvería. Esa era la prueba más real y válida de que no conocía nada, absolutamente del ser al que amaba.
Suspiró mientras cerraba los ojos y trataba de dormir algo, ya que la noche siguiente iba a ser muy complicada. Pronto entró en un sueño profundo, perdiendo la percepción del tiempo, y al empezar a anochecer de nuevo, sus ojos se abrieron. No tenía sed, no tenía ganas de levantarse. No quería enfrentar la realidad… Tenía mucho miedo de que el otro no viniese… Eso significaría que nunca le importó… Que solo era un juguete…
Se levantó en silencio y se cambió de ropa, poniéndose una pequeña túnica negra y unos pantalones del mismo color. Antes de salir, algo llamó su atención y no tuvo más remedio que cogerlo. Era una máscara blanca, la cual solo tenía dos agujeros a la altura de los ojos para poder ver. Mientras caminaba hacia el lugar del encuentro, con esta en el rostro, se acercaba la temible hora de la verdad. Esa noche cambiaría el rumbo de su vida, si se podía llamar así, viniese o no.
Pronto notó su olor y trató de calmar su corazón, el cual latía a una velocidad alarmante. Le había citado en el tejado de un edificio. Casi no se podía crear el hecho de que estuviese viendo su figura en este. Se quedó a una distancia prudencial mirándole, sin pronunciar palabra. Eran las 12, la hora de la verdad…
Sus ojos se posaron en los ajenos, agradeciendo tener una máscara que le tapase la expresión, ya que mirarle era una silenciosa tortura. Saber que le había dañado y que a pesar de todo se había presentado le desgarraba lentamente lo que le quedaba de alma, si es que la tenía.
—Viniste—susurró sin saber muy bien cómo reaccionar— ¿Cuáles son tus verdaderas intenciones? Que yo recuerde te dije que había matado a Itachi… ¿Acaso buscas venganza por su muerte? — se acercó lentamente hasta él, sin bajar la guardia en ningún momento— ¿O acaso no lo mataste tu abandonándolo a su suerte entre esas cuatro paredes?
Dejó que su olor llegase al mayor mientras una leve brisa mecía amablemente su cabello. Tenía que saber si aún significaba algo para ese demonio, si aún existía una pequeña posibilidad de que estuviesen juntos, o por el contrario, estaba condenado a pasar el resto de sus días alejado de él.
Alzó su mano lentamente hacía la máscara, acariciándola lentamente, llegando hasta uno de sus bordes. La retiró suavemente, descubriendo su ojo derecho. Estaba tan asustado e impaciente, pero sabía que las prisas no serían de ayuda. Le observó en completo silencio, hasta que finalmente descubrió un poco de sus labios, dejando ver medio rostro. No apartó ningún segundo sus ojos del rostro ajeno.
—¿Qué se supone que hice mal para merecer esto, Madara?...
domingo, 25 de septiembre de 2011
Rompecabezas.
Capítulo 0

Soledad.
¿Cuándo comienza la historia realmente?... ¿Qué fue de Madara y de Itachi antes de encontrarse? Todo ello se explica con cuidado aquí. También sus personalidades.
Madara
En combate Madara se muestra serio, frio, calmado aunque a veces hace bromas pesadas frente de sus oponentes despreciándolos y subestimándolos siendo una persona muy arrogante. Mientras que, en su otra faceta viviendo el día a día puede llegar a ser alguien muy bipolar, mostrándose un día melancólico y al otro la alegría de la huerta. Sus palabras suelen tener un aire cortante a pesar de todo y detesta que le lleven la contraria. Le gusta el color de la sangre y puede llegar a ser un sádico desconsiderado con sus enemigos y con aquello que considera de su propiedad. Puede llegar a ser muy rencoroso, guardando todo su odio por muchísimo tiempo, elaborando una venganza en su interior que muchos deberían temer.
Tramposo, vil, manipulador, buscando siempre su propio beneficio, a veces le da por buscar el placer que otra persona le pueda proporcionar, siendo un amante bastante experimentado en la cama y aunque se hace el inocente en esos temas suele ser bastante desinhibido. No se cortaría ni un pelo en besar y toquetear a alguien delante de otra persona por mucho que quien recibe sus caricias estuviese pasando la mayor vergüenza del mundo. Suelen sonreír en contadas ocasiones y aún más contadas si lo hace delante de alguien. Por otro lado, a veces le da por ponerse una máscara, ocultando así su identidad, ante eso, su personalidad cambia radicalmente, volviéndose alguien patoso, infantil y totalmente confiado, aunque eso solamente es una fachada que oculta tras de sí un depredador salvaje. Cuando lleva máscara suele hablar de sí mismo en tercera persona y usa el nombre de "Tobi"
Pase lo que pase, hará todo lo posible para que sus objetivos sean cumplidos.
Nada recuerda del lugar en el que "nació" y cada vez que piensa en ello siente como si la respiración se le cortase y un dolor profundo atenazase su pecho mientras la oscuridad parece cernirse sobre él en esos momentos, por eso dejó de pensar en su "hogar" hace muchos años. Su "llegada" a la Tierra fue por la invocación que unos (en su opinión) estúpidos humanos realizaron sobre su persona, estos humanos querían causar un gran mal contra el emperador de las tierras vecinas pues estas eran más prosperas que las de ellos y claramente buscaron el método fácil. Invocar a un demonio para que este arrasara los campos ajenos y enfermase a sus ciudadanos. Lo que no esperaron fue que el demonio al que invocaron tuviese aspecto humano y que este cumpliera parte de sus deseos. Arrasó algo, pero no fue precisamente a aquellos de los que tenían envidia...
Su estancia en América fue bastante más larga de lo que era habitual en él ya que allí conoció a una persona que hizo estragos en su vida, derrumbando totalmente los muros invisibles que había construido a su alrededor y con quien tuvo una tórrida aventura que pensó podría volverse algo más serio. Sin embargo, dicha persona le traicionó solamente dejando tras de sí un anillo del cual Madara, a pesar del odio que sentía hacia él se quedó. Como un recordatorio de aquello en lo que no debía volver a caer.
Por otro lado los humanos cada vez más controladores de sí mismos, cada vez más temerosos de todo lo extraño o que viniese de fuera. Tras el estallido de la primera guerra mundial permaneció oculto y cuando esta terminó viajo a Alemania pensando que ésta estaba muy debilitada y se podría vivir más tranquilo.
Un error bastante estúpido de su parte, pues después de varios años viviendo en aquel lugar notó algo extraño en el ambiente, una sensación de desasosiego y el surgimiento de alguien que lidero a los alemanes provocando el estallido de la segunda guerra mundial. Por supuesto, no se molesto en intervenir, busco seguir pasando desapercibido a los ojos de los nazis, ignorando la barbarie que estos cometían, ¿qué le importaba a él que esa raza se matase entre sí? Su raza y él mismo podrían quedarse con la Tierra si esos infelices desaparecían. En aquellos días pensó que sería agradable no tener que ocultarse más de la mirada humana, poder vivir en un sitio estable, poder tener un lugar al que llamar hogar. Aunque bien sabía que eso era casi imposible debido a que su naturaleza le exigía deleitarse con el sufrimiento ajeno. Quizá eso era lo que realmente le había llevado a quedarse en aquel lugar.
Bien podría haberle dejado tirado allí para que se las apañase solo, sin embargo, contra todo pronóstico, le acogió, le dio un nombre y le enseño todo aquello que conocía sobre los vampiros, que era aquello que había averiguado tras interrogar a algunos de su especie por pura curiosidad sobre ésta. Pero no solo le dio todo lo que era si no que, observando el dedo índice en el que llevaba su anillo, se lo entregó, buscando librarse de vivir con esa tortura para verla en el más joven, asegurándose de que así no cometía ningún error estúpido con él.
Desde entonces vivió con él, enseñándole cosas del mundo pues parecía haber olvidado muchas, teniendo que retrasar sus marchas puesto que el más joven no acostumbraba a largarse tanto de algunos lugares. Empezó a sentirse raro, no solo era el hecho de que ese vampiro pareciese convencido de que él era su "creador" (cosa que trato de desmentirle de manera sutil y sin decírselo a cascoporro) había algo que empezaba a ponerle nervioso con respecto al más joven, algo que no llegó a identificar puesto que un día, tratando de hacerle entender cuáles eran las claras diferencias entre demonios y vampiros esperando que así comprendiese lo que él era realmente sin tener que decirlo en voz alta, tuvieron una fuerte discusión.
Madara se hartó, le dijo que era un estúpido que no podía ver más allá de sus narices aunque le pusiesen la respuesta delante de ésta y se largó de aquel lugar en el que Vivian por un espacio de tiempo, azotando la puerta con una fuerza inmensa al salir. Tras eso ha estado viviendo sólo, viajando por diferentes lugares como hacía en el pasado, buscando cuidadosamente no toparse con aquel vampiro inútil porque no sabe como podría reaccionar cuando lo viera. Así que mientras tanto se ha ido ocupando de algunas cosas que tenía pendientes así como de ganar algo dinero para aumentar su pequeña fortuna.
Itachi
Es de estatura media para ser un hombre, ya que mide 178 centímetros, siendo bastante delgado, pensado 58 kg, pero esto fue condicionado por la época en la cual vivió. Su cabello es de color negro azabache, lacio, que sobrepasa sus hombros, y siempre lleva recogido en una coleta. Sus ojos son de color rojo debido a la transformación en vástago, anteriormente eran negros como la noche. Su cara demuestra leves rasgos asiáticos por herencia materna, pero su estado físico y la musculatura son de herencia paterna y por tanto alemana. Si hablamos de la ropa que está acostumbrado a llevar, el color que prima es el negro, y el tejido es el cuero. Tiene un tatuaje en el brazo izquierdo, sin significado alguno, y siempre porta un collar, que consta de tres piedras de color blanco, y un anillo que lleva en la mano derecha, siendo la gema de este de color roja y con una letra en japonés, que significa: 朱 (Vermilion).
Cuando fue convertido perdió su personalidad, pero con el paso de los años se volvió alguien frío y distante, a la vez que un poco tímido en los primeros momentos con Madara. Es un impulsivo que odia que sepan lo que está pensado, y tiene mal carácter cuando no ha bebido. Cuando la sangre recorre sus venas es otra cosa, a veces se vuelve manso y acata órdenes, pero de una única persona. Cuando se encuentra sobre la cama es muy pasional y brusco, dejando las sutilezas para otras ocasiones, incluso se vuelve bastante sádico, sobretodo cierta parte de su personalidad, Ryu. No suele confiar en nadie, y se ha vuelto bastante cuidadoso respecto a unos temas, detesta ciertas palabras, o que intenten mandarle, ya que es bastante vengativo.
Nació en 1919 en los barrios bajos de una Alemania en un periodo de entreguerras. Su madre no estaba en la mejor posición social, era una prostituta que había emigrado de Japón buscando una mejor vida que no había encontrado al ejercer tal oficio. De su padre nunca supo nada, ya que fue un militar alemán de una noche, y la verdad es que de su madre tampoco supo, ya que fue abandonado a su suerte. A los pocos días de estar en un orfanato fue adoptado por uno de los seguidores del dirigente alemán nazi. A partir de ese momento fue educado para ser un despiadado nazi, obteniendo una carrera notable y brillante a sus 20 años de edad. En 1939, cuando recién los había cumplido, estalló la Segunda Guerra Mundial, y cómo no, también se dedicó a la tarea de asesinar ciegamente a los judíos, pues para él las palabras de Hitler eran los designios del divino, aunque no fuese muy creyente.
El único error que comentó en esa época fue seguir a uno de sus generales fuera del campo de batalla, ya que le tenía que entregar unos informes. Le siguió hasta un callejón en el cual le encontró con otro hombre haciendo cosas indecentes que nunca había pensado que eran posibles. La sorpresa le dejó inmóvil, y lo último que vio antes de perder su vida humana fue la cara del otro hombre, ya que el comandante se acercó rápidamente y comenzó a beber de él. Cuando terminó dejó que Ryu cayese al suelo, dándose un gran golpe en la cabeza. El alemán le ofreció el cuerpo del joven a aquel demonio, ya que él no quería tener un aprendiz, aquel ser era Madara, que le ofreció un nuevo nombre al muchacho que siempre tendría 20 años, y que había olvidado todo su pasado por dicho golpe. El demonio además de darle un nombre y un anillo, le ofreció un hogar, y le enseñó cómo pudo a vivir cómo un vampiro, pasando la mayoría de su tiempo con él, hasta 1990. En ese año tuvieron una fuerte discusión, debida al carácter de ambos, y a que Madara le había enseñado la diferencia entre los demonios y los vampiros, ya que a los ojos de Ryu, y aunque sospechara que Madara era diferente, este le había convertido en un vástago. La última vez que le vio fue dando un portazo… a partir de ese momento comenzó a vivir solo, pero con la vaga esperanza de que algún día volvería a verle. Por ello ha hecho innumerables viajes alrededor del mundo, el primero a Japón, donde adquirió las armas que emplea actualmente.
sábado, 10 de septiembre de 2011
Víctima
Cuando observó el rostro ajeno, la indiferencia se plantó en el propio. Sabía perfectamente que era él. No había olvidado ningún detalle su rostro después de todo. Su voz era exactamente igual a la que como la recordaba, solo que esta vez no pronunciaba las mismas palabras que había escuchado la última vez. Cerró los ojos por unos segundo sintiendo su cálida mano en su mejilla. Ese leve roce despertó sentimientos dormidos en su interior, y estos se abrumaron cuando sus ojos se encontraron de nuevo. Le observó durante unos eternos segundos, notando el alcohol en su aliento.
Los primeros pensamientos que parecieron claros en su mente fueron que seguro el demonio no se acordaría de lo que pasaría esa noche. Que estaba borracho y por eso no huía de él. Por ello no corría a esconderse de nuevo de él. Pero no iba a permitir que de nuevo se alejase de su lado, nunca más.
De pronto sus labios notaron los del mayor en su superficie. Cerró los ojos de nuevo, sin saber cómo reaccionar, algo dentro de él volvía a doler, y ese sentimiento era mucho más hiriente que cualquier herida física. Comenzó a responder a su demandante beso cuando el otro se levantó, y sin saber muy bien por qué, pronto se encontró cerca del baño. Las cálidas manos de su amado se perdían entre su ropa y las notaba en su vientre, pero no conseguía reaccionar del todo. Es más, no lo hizo hasta escuchar su voz de nuevo. Intentó mirarle a los ojos, pero el otro se dedicaba a jugar con su oreja.
¿Condones?...Aún el otro no había dicho su nombre y eso le resultaba extraño. Llevó una mano al cabello ajeno, acariciándole levemente, sin poder creérselo, pero pronto lo comprendió. Madara no le había reconocido, o no quería hacerlo, él otro solo quería sexo. Sexo con cualquiera…. No con él… Madara no lo había buscado en todo este tiempo… Se había olvidado de él. Se había olvidado de Itachi. De ese pequeño vampiro que estaba profundamente enamorado de él… Solo había sido un experimento de un demonio, no… Madara nunca había sentido aprecio por él… Nunca…aunque lo hubiese esperado 50 años encerrado en aquella mugrosa y asquerosa habitación… y hubiese estado 20 años buscándole… Definitivamente no era nada para él… Pero Itachi ya no existía.
Itachi había muerto hace 20 años, cuando salió de aquella habitación, ya que él era Ryu, un vampiro que solo buscaba sexo y sangre. Pronto se aferró a ese pensamiento mientras metía la mano por debajo de la camisa del mayor, acariciaba su espalda con una uña. Sí… Cerró los ojos por unos segundos mientras se convencía en que aquel ser que estaba entre sus brazos besándole, era solo un mero objeto…el cual debía ser maltratado… Él cual debía sufrir. Madara iba a ser su víctima esta vez. Ahora no tenía sentimientos, ahora le tocaba hacerle sufrir.
Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro mientras la palabra tortura aparecía escrita en su mente. Con su otra mano cogió las de Madara, acariciándolas, lentamente, como si le estuviese mimando, pero en realidad le estaba inmovilizando sin que el otro se diese cuenta. El hecho de que estuviese borracho le ayudaba muchísimo. Cuando por fin consiguió cortar la movilidad del demonio se acercó a su oreja, calculando las palabras que iba a pronunciar.
— ¿Condones?... ¿No crees que es un poco tarde para utilizarlos? —Susurró con malicia—Conmigo nunca los usaste… Además— Hizo que se voltease y la espalda del mayor chocase contra su pecho. Desde esa posición tenía mejor acceso a lo que quería tocar—Presiento que no te harán falta.
Sin decir nada más rompió la camisa del mayor, esta prenda la utilizó para atarle las manos a la espalda, y así tener las propias libres. Comenzó a apoyarse en el demonio, empotrándole contra la pared sin cuidado alguno, esperando con ansia escuchar sus gritos. Agradeciendo que la propia música de la discoteca fuera el aislante perfecto para ellos.
—Puedes gritar todo lo que quieras, Madara—susurró en su oreja, pronunciando lentamente su nombre—Pero, nadie vendrá… Te voy a comer…
Lamió lentamente su cuello, tocando con sus colmillos la pálida piel, hasta que finalmente los clavó con saña en esta delicada parte de su anatomía. Los separó nada más abrir la herida, para observar con júbilo como su preciada sangre, cálida y carmesí, recorría su cuello y caía al suelo en completo silencio. Tras unos segundos de observación, comenzó a lamer ese exquisito manjar. Clavó de nuevo sus colmillos en la herida, bebiendo sin ningún cuidado, cerrando los ojos. Definitivamente esa sangre era la mejor que había probado desde hacía años.
Separó la boca de su cuello, tras lamer la herida para que parase de sangrar, no quería que perdiese el conocimiento, no aún. La noche era demasiado joven para que se desmayase al principio del nuevo juego. Con su mano derecho jaló del cabello de Madara, mientras que con la izquierda se dedicaba a arañar lenta e irregularmente su espalda. Sin esperar muchos tiempo le clavó las uñas, observando con regocijo como la sangra brotaba de esas nuevas heridas. Se lamió lentamente los dedos mientras esperaba que nunca hubiesen tratado así a su “querido” Madara. Una sádica sonrisa se dibujó en su rostro mientras el pantalón ajeno caía al suelo.
Su trasero fue enseguida observado con cierta curiosidad por el vampiro. Enojándose ante la idea de que cualquier otro lo hubiese tocado antes que él. O que el mayor se hubiese dejado tocar… Estas ideas solo provocaban que su ira aumentase y le tratase con mayor desprecio aún. Le abrió las piernas con la rodilla mientras lamía levemente su nuca.
—Me pregunto si debería pagarte por esto… Pareces una puta….dejándote follar tan fácilmente— se rió levemente en su oreja mientras que con una mano agarraba su miembro—Quizás deba decirte mi nombre para que lo grites mientras te la meto… Ryu, recuérdalo bien…porque quizás debería decirte que maté a alguien a que conocías…
Cerró los ojos apartándose de su oreja y dejó de pensar, pasando a ser un ser totalmente irracional, era la mejor manera para que el demonio al que tanto apreciaba pagase por su crueldad. Se bajó la cremallera de los pantalones con lentitud, eliminándolas dudas que amenazaban los actos futuros. Su pantalón se deslizó con cuidado, bajándose hasta la altura de las rodillas. No necesitaba nada más. Si ocurría lo que tenía que ocurrir, Madara sería por siempre suyo, y eso lo que había deseado desde hace muchísimo tiempo.
Finalmente se decidió y acercó a su erecto miembro a la entrada de Madara. No iba a ser amable, él tampoco fue al dejarle abandonado. Una mano acarició su bajo vientre, lentamente, incluso con cariño. La otra se dedicaba a masajear el pene ajeno, esperando a que se erectase un poco. Cuando lo consiguió comenzó a ejercer presión, hasta que la entrada del mayor cedió, y comenzó a introducirse lentamente en él. Provocándole dolor, ya que no le había preparado, y provocándose dolor a sí mismo. Pero eso poco le importaba. Se apoyó en su espalda, esperando por unos breves segundos, entreteniendo en lamer su espalda. Cuando lo creyó oportuno volvió a reanudar el movimiento, penetrándole lentamente. Emitió un leve jadeo cuando se introdujo por completo en el cuerpo del mayor, gozando de esa agradable sensación de dominación, poder, y satisfacción. El cuello de su víctima volvió a recibir varios mordiscos hechos con todas las malas intenciones.
—Quizás esto te recuerde lo que has abandonado, maldito demonio…. — susurró mientras le jalaba de nuevo del pelo.
Comenzó a penetrarlo sin compasión alguna, cogiéndolo de la cadera para que se le hiciera más fácil dicha tarea. Solo se centraba en satisfacer la erección que tenía entre las piernas, y que ahora mismo se encontraba dentro de su Madara. De esa forma, era definitivamente suyo y de nadie más. Tras varias estocadas seguidas y con fuerza se paró escuchando los jadeos que salían de la boca del mayor. Clavó las uñas en su cadera, haciéndole sin darse cuenta sangre.
Para su disgusto no podía dañarlo sin sentirse mal. No podía imaginarse su rostro en ese momento. No era como él. Le dolía el sufrimiento que le estaba proporcionando al ser que amaba, pero no podía parar ahora. Si quería comprobar que Madara sentía algo por Itachi, si quería que no se fuese de nuevo para siempre, debía seguir. Si quería sentirse vivo, debía continuar con esa tortura.
En un pequeño arrebato mordió su hombro mientras comenzaba de nuevo a penetrarle, rápidamente, deseando acabar con esa tontería. Pensando que nunca podría mirarle a la cara de nuevo. Que no podría volver a dormir, pensando que era un blando. Finalmente se corrió en su interior y salió de él, dejando de apretarle contra la pared. Se separó y se subió el pantalón con la mayor tranquilidad del mundo, como si nunca hubiese pasado eso.
—Será mejor que escuches con atención…—susurró mientras encendía un cigarro y le daba una calada. Se acercó y cogiéndole de los pelos, le metió la cabeza en el lavamanos. Abrió el grifo con agua helada y tras unos segundo lo cerró— Tengo a Itachi conmigo… Si lo quieres tendrás que venir mañana por la noche a esta dirección— le dejó un papel al lado con ella— a las 12. Si no vienes, lo dejaré encerrado en el patio, y supongo que sabes cuando a un vampiro débil le da el sol…suele desaparecer.
Soltó su cabello y le tiró el humo a la cara, sin querer mirar su rostro. Sin decir más palabra salió de aquel baño y se mezcló con los humanos que bailaban como si no hubiese mañana en aquella discoteca bajo una música ensordecedora. Su olor pronto se perdió y de esta manera no podría seguirlo.